GORDOFOBIA- Historia de una báscula

gordofobia-historia de una báscula

Me llamo Marisa, tengo treinta y tantos, y aunque en mis presentaciones me gustaría decir que soy escritora y vivo en Manhattan, lo cierto es que sí, soy escritora pero vivo en Taco. Tendría mucho más glamur vivir en un loft en la gran manzana, sacar una foto a mi ordenador personal con vistas a la Estatua de la Libertad. Luego la subiría a Instagram y pondría cientos de etiquetas en inglés. Pero no, vivo en Taco y mi ventana tiene vistas a otro edificio y mi última novela a penas me da para pagar este alquiler, mucho menos para pagarme un billete a Nueva York, ni a Nueva York ni a La Gomera.

Esta mañana la báscula ha hablado. Sí, puede parecer increíble, porque no es que tenga una de esas pesas postmodernas con vida propia, pero he escuchado una vocecilla salir de su interior que me decía improperios varios al subirme después de casi un mes sin pisarla y ver esos malditos números que se me quedarían grabados el resto del día, el resto de mi existencia.

Me ha dicho gorda infeliz, y claro yo he puesto excusas. Le he respondido que no es culpa mía. Se ha puesto chula y me ha mandado a callar. Yo allí, desnuda, temblorosa, indefensa, y ella, claro, se ha crecido ante mi desnudez diciéndome que siempre encuentro a alguien a quién culpar. Que seguramente ahora sea por mi ruptura con Federico, por su infidelidad. Que también está lo del libro, que no ha tenido el éxito que esperaba. Tiene razón, estoy buscando culpables de mi vuelta a la gordura, pero la realidad es que siempre estuvo ahí.

Cuando has sido gorda, lo eres para siempre. Desde luego que para la primera persona que lo sigues siendo es para ti misma.

Decido dejar de escuchar a la maldita báscula y entro a la ducha. Mientras cae el agua caliente sobre tanta redondez pienso: ¿Cómo has llegado hasta aquí?

No hace tanto tiempo habías conseguido una talla aceptable para este mundo esclavo de la imagen. Pero recuerdas aquellos años y sabes que tú, en tu interior, seguías siendo aquella chica gordita. Y para el resto también era así. Al menos esa es tu sensación. Vuelves a la idea de que si has sido gorda lo serás siempre, es como una persona alcohólica. Por eso necesitas mirar alguna fotografía para confirmar que no siempre has sido así.

Porque la realidad es que no importa cuán delgada o gorda estés, tú siempre te has sentido igual. Un poco más guapa quizá, porque te pusiste aquel vaquero que quedaba tan bien. Pero no sabes lo que sienten las personas delgadas, lo has estado, al menos aceptablemente delgada, pero lo cierto es que llevas toda tu puñetera vida sintiéndote gorda. Maltratando tu cuerpo diciéndote que qué importaba un kilo más, si ya estabas gorda daba igual.

Dejando que te dirigieran miradas inquisidoras por incumplir el canon establecido. Sintiéndote culpable. La culpabilidad es una palabra que tienes bien aprendida. Es mi culpa, mi culpa, mi gran culpa.

Para esta sociedad una persona gorda es alguien débil. Alguien que se atiborra a comer y que es incapaz de sacrificarse por nada. Pero a lo mejor es que has sacrificado demasiado.

Una vez que ya estoy vestida y preparada para trabajar he estado pensando por qué en mis redes sociales no tengo una puñetera foto de cuando estaba delgada. Hoy me apetecería colgar una donde se viera  el antes y el después. Pero a la inversa. Quisiera salir del armario de los gordos. Porque siempre pongo fotos en la que se me ve la cara, y en este mundo artificial, a lo mejor los gordo fóbicos  dejarían de enviarme mensajes llamándome preciosa. ¡No! Me gustaría decirles que estoy gorda a reventar, que Fede mi exnovio, con el que tenía planes de futuro me ponía los cuernos, y que no, ni preciosa, ni guapa ni hermosa. ¡Gorda!

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