GARA Y JONAY-Nuestro amor será leyenda

gara Jonay-nuestro amor será leyenda

Desperté como cada mañana. Silencio. Así se repiten mis días, uno tras otro. Sin tener un motivo por el cual mi paso por esta vida tenga más sentido que el de una diminuta hormiga que observo como en perfecta línea recta camina hacia su diminuto hormiguero, acompañada de decenas de su misma especie que entiendo que son su familia, o compañeras de trabajo, y van esforzándose por introducir entre todas una migaja de pan que dobla su tamaño, y van entrando y saliendo. Trabajando sin descanso, un trabajo mecanizado, sin pausa, ir y venir. Y así será, imagino hasta el final de sus días. Y así será, imagino, mi vida, hasta el final de la mía.

Así fue la de mi padre, ese que me dio la vida. Trabajar, de sol a sol, hasta que un día, sin tiempo para decirle adiós, se le apagó la luz. Se fue para siempre.

Cuando nadie me ve, hay algo que me salva de mis propios pensamientos,  y es la música. La música acalla las voces de mi mente, esas que me ahogan. Esas que me recuerdan que todo puede cambiar, esas que me dicen: Jonay, respira, que te quedo yo, y la música no se toca. La música no se va sin avisar, la música nunca dice adiós.

Hoy he despertado, pero nunca imaginé que este día, a pesar de que su principio fuera una repetición a lo Jim Carrey en el “Show de Truman” iba a cambiar mi existencia, iba a revolucionar mi vida, iba a convertirse en un volcán en erupción.

Subí en el tren de las ocho. Un trayecto de media hora exacta que me dejaría en mi lugar de trabajo. Nada nuevo. Pero para mi sorpresa y como un golpe de suerte hoy encuentro un asiento vacío. Me dirijo hacia él y sin mirar atrás me siento. Incluso hasta me sorprendo sonriendo.

A mi lado una mujer, de piel tostada, pelo negro y ojos marrones. Tiene la melena recogida y sujeta con un bolígrafo de colores. Ella va leyendo y a su vez tiene unos cascos puestos, supongo que escuchando música. Levanta su mirada, y me pilla observándola. Se quita los cascos, cierra el libro y me pregunta mi nombre. – Me llamo Jonay- respondo algo avergonzado. Ella de forma inmediata me dice que se llama Gara, no para de sonreír.

Desde ese instante comenzamos a hablar, ella más que yo, hacía mucho tiempo que no tenía una conversación tan larga con nadie. Llegaba el final del trayecto. Y me parecía que todo iba de repente a cámara rápida, que estaba viviendo deprisa y nada lo podía solucionar, y yo quería que nosotros, en aquel tren, el tren de los momentos, durara para siempre.

Nos bajamos, y antes de despedirnos se sacó de su recogido improvisado el boli dejando caer su largo cabello negro, y me apuntó en la palma de mi mano su número de teléfono.

Vi como se alejaba por la estación. Y recordé esas películas románticas donde los protagonistas esperan ese  momento en el que se despiden y se sorprenden cuando se giran y se encuentran dirigiéndose esa última mirada. Ella se giró y yo me giré y me pregunté: – y, ¿si fuera ella?- ese pensamiento positivo por primera vez en años aunque dubitativo, me había llenado el día de motivos. Motivos por los que quizá sí que hubiera un sentido a todo este embolado que es la vida, motivos por los que quizá por el simple hecho de ilusionarme, la fila de hormigas cargando con migas de pan se convirtiera en un camino de rosas, quizá hubiera ahí fuera un universo de pequeñas cosas a parte de mi soledad y yo.

En el descanso para comer tuve el arrojo suficiente para enviarle un wasap. No me reconozco. Después de escribir y borrar demasiadas veces…

“Hola Gara, soy Jonay. Espero que estés teniendo un buen día. La charla en el tren esta mañana ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Aunque tendrías que estar completamente loca para aceptar, me gustaría verte.”

Vuelvo al trabajo, ahora el tiempo parece haberse detenido. Miro el móvil constantemente. Gara no ha leído mi mensaje.

Al volver a casa cogí el tren del mismo trayecto pero a la inversa. La busqué pero sin fortuna.

Y esa noche justo después de cenar suena el móvil, en la pantalla su nombre. Contesto, ella me dice que sí, que su locura es infinita, y que quiere verme. Esa misma noche.

Quedamos en esa cafetería donde sirven esas tartas de queso tan buenas, idea suya. Y nos pasamos horas hablando, riendo. Miradas cómplices, los dos, cogidos de la mano.

Yo le conté todo, cómo llevaba años sumido en una  crisis existencial, cómo hasta esa mañana para mí siempre es de noche, y cómo al conocerla había encontrado un motivo para creer en que había algo más.

Ella, tan vital, con esa energía que arrasaba con todo me miraba fijamente, y me dijo: – deja que te bese- .

Y así fue como comenzamos nuestra relación. De manera precipitada. Una mañana cualquiera, en un tren. Dos personas tan distintas pero que se enamoraron exponiendo el alma al aire, sin cortapisas.

Han pasado tres meses, y así, como decir sin andar diciendo le propongo a Gara que vivamos juntos.

Y ella, sin dudarlo salta sobre mí y me repite una y otra vez que sí.

Nuestra vida en común transcurre con normalidad. Y según pasa el tiempo con demasiada normalidad. Yo vuelvo a observar a las hormigas, me quedo absorto con mi música. Cojo el tren, voy al trabajo, cojo el tren vuelvo del trabajo.

Y una noche al volver a casa, entro y: – Ya estoy aquí- como llevo haciendo cada noche, ya que Gara suele llegar media hora antes que yo. Silencio. – ¿Gara?- levanto un poco la voz.

Voy a nuestra habitación, y encima de mi almohada una carta. Es de ella.

“Hola Jonay,

Esta carta que te escribo es una despedida. Hoy me iré antes de que llegues. Y me iré para siempre. Y es que no quiero morir en tu veneno. No quiero contagiarme de tu conformismo existencial. Del ir y venir. Del trabajar y volver de trabajar. De las cenas a las nueve sin lugar a la improvisación. Te lo agradezco pero no. Nosotros no hicimos un trato, nosotros nos enamoramos, y aquella noche pisamos un charquito de estrellas y no te importó cenar tarta a las once.

No te importó pedir que viviéramos juntos en tan solo tres meses. No sé si era la fuerza del corazón que te dio alas, y nunca olvidaré aquello que me diste.

Pero me estoy apagando. Yo necesito caminar juntos pisando fuerte, ¿pero es que no lo ves?

No puedo esperar a que regreses, por eso te escribo la carta, porque sé que si tú me miras, no tendré fuerzas. Y no pretendo que me perdones.

Sé que existe un lugar donde convergemos tú y yo, pero no es este ni es ahora.

Uno de los dos tenía que hacerlo, seremos libres.

Te quiero.

Gara “

Se ha ido. Me tiemblan las piernas. Dejo la carta donde mismo la encontré. Son casi las nueve. Tengo que cenar.

Pasados unos días cojo lápiz y papel y me siento a responder la carta de Gara.

“Hola Gara,

Amiga mía, no me pidas perdón. Tú no tienes la culpa. Si existiera el club de la verdad, tu carta está llena de ella, y el caso es que lo que fui es lo que soy, y cuando te conocí se me olvidó todo al verte.

No sé ser feliz, creo que me regocijo en mi infelicidad. O peor, soy feliz siendo infeliz.

Y era muy injusto decirte vente al más allá. Ese lugar oscuro reservado solo para unos pocos.

Quizá hubo un tiempo en el que me permití sentir felicidad y hoy te puedo decir que he sido ¡tan feliz contigo!, aunque fuera un segundo, un instante.

Quisiera ser diferente, pero me he convencido de que no voy a cambiar, o que no quiero hacerlo.

Pero lo diré, aunque lo diré bajito, tengo la sensación que aunque  efímero, nuestro amor será leyenda.

Te quiero.

Jonay”

1 Comment on GARA Y JONAY-Nuestro amor será leyenda

  1. Muy bonito y original y se me antoja bastante complicado introducir tantas letras de A. Sanz.

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