¿Qué fue de Marisa?

Marisa

Han pasado más de cuatro meses desde su cumpleaños. Marisa, recuerda lo que prometió al soplar las velas de su tarta. Porque ella ya no pide deseos, ha dejado de creer en ellos. Ella ha dejado de creer en lo que podría pasar y ha pasado a proponerse objetivos para que pasen.

Sus libros, esos que se autoedita como único medio de que vean la luz, no venden lo suficiente para seguir viviendo de ello. El tiempo se acaba y no le quedará más remedio que buscar otro empleo que pague las facturas. Eso significa mucho menos tiempo para escribir, eso significa una derrota. Pero se prometió que eso no pasaría. Y se prometió olvidar a Fede, y se prometió dejar de llorar al subirse a la báscula, y se prometió que aquello que no le gustara lo iba a cambiar. Y se prometió que aunque no fuera Marisa, escritora de éxito que vive en  Manhattan, sería Marisa, escritora que vive en Taco, pero escritora.

Se levanta como cada día, son las 7:30 de la mañana. Desayuna, se ducha, se pone algo cómodo, y se sienta delante de su ordenador. Tiene escrito unos cuarenta relatos inéditos. Los ha revisado, corregido y se los ha enviado a su correctora de confianza y amiga. Alguien en quien confía y que además le ha enseñado a pulir sus textos.

Tiene la dirección de varias editoriales. Ha elegido aquellas que sabe que aún siguen recibiendo manuscritos de escritores desconocidos, que buscan nuevas voces y están dispuestos al menos a leer lo que reciban.

Después de enviar varios correos con su compilación de relatos, Marisa envía su currículum a varias revistas digitales, periódicos y todos aquellos lugares en donde cree que puede colaborar con alguna columna de opinión o escribiendo de lo que sea.

Al terminar, se cambia de ropa por unas mallas y una camisa negra de asillas, algo de música con su móvil, unos cascos y sale a caminar.

Mientras camina, en su mente navegan fantasmas del pasado, pero Marisa sabe cómo debe apartarlos, y acelera el paso. Intenta concentrase en la canción que suena y la tararea sin pudor.

Al llegar a casa, se mete en la ducha, el agua, casi fría, cae por la cara, recorre su espalda y llega a los pies. Se siente relajada.

Se dirige hacia la cocina a por algo de fruta, y suena el portero.

-¡Mierda, joder!- piensa que es de nuevo el cartero que siempre le toca a ella, aún se pregunta por qué, si vive en un tercero.

Y sin preguntar quién es abre.  Va a la nevera y coge un plátano. Mientras lo pela suena el timbre. No le ha dado tiempo a vestirse, así que cubierta por la toalla y preguntándose quién coño es abre la puerta.

Se queda helada. No consigue reaccionar. Tiembla.  Con las manos sujeta fuerte la toalla que la envuelve.

-Hola, Marisa. ¿Puedo pasar?-

Marisa no puede creer que después de un año él esté en su casa. La casa que un día compartieron. Y hoy, ahora, cuando después de muchas sesiones de psicoterapia, cuando después de muchas horas sentada con un tarro de helado quita penas y películas románticas, después de muchas horas preguntándose por qué. Aparece Federico, en su puerta pidiéndole pasar.

-Hola, sí pasa.- responde Marisa con un hilo de voz.

Fede entra decidido, como si nada hubiera pasado. Camina con paso firme y ligero. Y lleva consigo una maleta de ruedas. Grande. Que arrastra por el pasillo como viajero  por la terminal de llegadas del aeropuerto.

Deja la maleta a un lado. Se sienta en el sofá.

Marisa camina tras él. Le mira perpleja, Sus instintos más bajos quieren salir a relucir, quiere explotar y decirle todo lo que un día tragó y ahogó en helado.

Respira y le dice con toda la ironía que es capaz de entonar en el momento que se ponga cómodo, que ella va a vestirse. Entra en su habitación, aprieta fuerte los puños, se hace daño. Coge un vestido de andar por casa, tira la toalla y sale ahora más tranquila.

-¿Qué haces aquí?-

-Necesito hablar contigo- responde él con voz serena-

Marisa se sienta en otro sofá, lo más lejos posible de él. Y con la mirada asiente. –Venga, suelta-

Fede le dice que nunca le pidió perdón, que nunca le dio explicaciones. Y  que fue muy egoísta.  Pero que se sentía solo, que ella estaba muy centrada en su escritura y que se habían convertido en compañeros de piso, y que conoció a la otra chica y pasó. Así sin más. Pero que aquello no había salido bien, y que además le habían echado del trabajo, y que no tenía dónde vivir. Y que había pensado en que quizá ella le dejaría quedarse hasta que encontrara algo.

Marisa se levanta, se da la vuelta. Y se echa a reír. Se ríe mucho, durante unos largos minutos no  puede parar. Hacía mucho tiempo que no se reía tanto.

Se gira y le mira a los ojos. Y le dice: – Fede, Federico. Te presentas en mi casa, después de un año. Un año en el que he estado preguntándome en qué fallé. Porque nunca tuvimos “esa conversación”.  Qué te hubiera costado contarme la verdad. Desde el principio. Sin tenerme tanto tiempo engañada. Y hoy, como te han dejado, y además no tienes ni un amigo al que recurrir, vienes a pedirme que te acoja en mi casa.

Federico se levanta y coge su maleta dispuesto a marcharse, pero Marisa le grita y le dice que se siente, que no ha terminado.

-Me das pena. Mucha pena. Porque estás solo. Y sí, voy a dejar que te quedes unos días aquí. Porque yo hubo un tiempo en el que te quise. Y aunque sea por eso no te dejaré tirado.

Marisa entra en su habitación dando un portazo. Respira profundamente. Y se da cuenta de algo. Ya no le duele. Esa persona que está ahí fuera le produce compasión. Pero se terminó.

Coge unas sábanas y una manta. Sale de la habitación y se las da a Fede para que las use esa noche en el sofá.

Le dice que ella tiene trabajo, tiene que escribir. Y antes de dejarle con la palabra en la boca le dice: – Fede, si quieres puedes salir a correr-

 


Si quieres conocer el principio de la historia de Marisa lee el primer  relato aquí

2 Comments on ¿Qué fue de Marisa?

  1. Marisa dándonos siempre sorpresas pero esta es mayúscula. Impaciente a ver como termina esto. Felicidades por la vuelta de tuerca.

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